Desde el retorno a la democracia en Chile, se pueden observar distintas acciones políticas que pueden ser calificadas como violentas: las “tomas de terreno” efectuadas por pobladores en la década de los noventa, el ataque a la propiedad privada por grupos mapuches en la Araucanía, los cortes de calle, barricadas y “encapuchados” que frecuentemente se observan en las marchas estudiantiles, son todas manifestaciones de distintas formas de violencia que continúan siendo parte del repertorio de acción de los actores sociales en la actualidad. Sin embargo, frente a esta realidad, la sociología ha guardado silencio. La violencia política aparece hoy como un objeto de investigación incómodo. Prueba de ello es la ausencia de estudios e investigaciones que apunten a un abordaje sistemático de sus formas de expresión.
El actual proceso de politización y expresión del malestar que está experimentando la sociedad chilena (PNUD, 2015), ha sido acompañado por la proliferación de investigaciones y producción intelectual en el ámbito de la sociología política; especialmente, de estudios sobre movimientos sociales. Con una clara hegemonía de las propuestas de los repertorios de acción de Tilly (2002) y de las oportunidades políticas de Tarrow (1998), han proliferado los estudios sobre analizan sobre todo el movimiento estudiantil (p.e. Aguilera, 2014; Donoso, 2013; Fernandez, 2013) y, en una menor medida, el movimiento mapuche (p.e. Tricot, 2009). Sin embargo, a pesar de la existencia de formas de acción violentas dentro del despliegue político de estos actores, ellas no son analizadas sistemáticamente en la mayoría de estos trabajos .
Ahora bien, pese a las dificultades que no sólo en la actualidad sino que históricamente ha encontrado la sociología chilena para estudiar la violencia política, lo cierto es que han existido algunos intentos significativos por analizarla de forma sistemática. Entre ellos, destaca el trabajo que realizaron un grupo de sociólogos alrededor del dentro de estudios SUR, en el marco del análisis sobre el movimiento de pobladores de los ’80. A partir de una lectura anclada en los principios de la teoría de la integración, arribaron a la concusión que las protestas populares de principios de 1980 no eran la expresión de un nuevo actor político dispuesto a enfrentarse a la dictadura, sino que más bien corresponderían a las acciones propias de agentes sociales inmersos en un contexto de desintegración social y anomia. A través su análisis, no sólo desestimaron la posibilidad de comprender a los pobladores como un movimiento social (Iglesias, 2016; Cortés, 2014), sino que también excluyeron la posibilidad de pensar las relaciones entre violencia y política. La protesta, y sus medios de acción violentos, fueron interpretados como expresiones de una conducta desviada y no como como una expresión política como tal. De este modo entonces, aun cuando la violencia política es considerada, termina finalmente siendo negada dentro de su propuesta.
El análisis que estos autores realizaron no sólo es importante por constituirse como uno de los esfuerzos más sistemáticos por pensar la violencia política desde la sociología durante las últimas décadas. Sino que, además, es significativo por la persistencia del recurso a la teoría de la integración para pensar los fenómenos de violencia actuales. Como sentencia Brunner a propósito de los “encapuchados” y episodios de violencia durante las marchas estudiantiles a un medio de comunicación de circulación nacional: “Las marchas se han vuelto una performance rutinaria, con un corolario de violencia que reflejan la elección de un ‘método de lucha’, una expresión de acción irracional-anárquica y una manifestación de jóvenes desintegrados que utilizan la calle como escenario para la anomia” (Brunner, 2012; en Iglesias, 2016: 157).
Así, en el presente trabajo analizamos el lugar que ocupa la violencia política dentro de la teorías de la integración de Dukheim y Parsons, y las consecuencias que genera su utilización en el estudio de las violencias, a partir del análisis del caso del estudio de los sociólogos aglutinados en la Corporación de Estudios SUR sobre el movimiento pobladores en los 80’.
La revisión de estos trabajos, tanto de sus rendimientos pero sobre todo de sus límites, es un ejercicio que nos entrega importantes lecciones respecto a los desafíos implicados en la elaboración teórica y la investigación social sobre violencia política hoy, tanto a nivel latinoamericano como particularmente en el contexto chileno. Pese a que sus formas, contenidos y lugares que ocupa han cambiado, la persistencia de formas de violencia política nos obliga a perseverar en la tarea de generar marcos de interpretación y alternativas comprensivas adecuadas, con anclaje histórico, y construidas a partir de la especificidad de las realidades de nuestra región.