Las redes sociales, con sus innumerables usuarios transformados en emisores e interconectados unos con otros, se presentan como una promesa de que la cultura de masas –vertical, unidireccional, repetitiva– puede quebrarse en sus pautas más características, dando lugar a una nueva configuración: una cultura de comunicación horizontal, multidireccional y diversa. Paradójicamente, si algo ha quedado en claro tras expandirse exponencialmente el uso de estos medios durante los últimos quince años, es la incapacidad de la innovación tecnológica de producir por sí misma semejante cambio. La transformación de fondo, como siempre, no puede asignarse al cambio de la técnica sino de la ética.
Mientras tanto, el foco de atención respecto a los medios sociales se está moviendo hacia su relación con problemas de diversa índole: circulación de noticias falsas, “posverdad” y populismo (Alonso, 2017; Trejo, 2017; Pauner, 2018), amenazas a la privacidad individual (Figueroa, 2016; Carmenati, Bayés y Apolo, 2017; Kokolakis, 2017), uso de datos para manipular a la opinión pública (Berghel, 2018; Laterza, 2018), retórica igualitaria para reproducir concentraciones de poder (Van Dijck, 2016; Fuchs, 2017), efectos psicológicos adversos (Gómez y Lloret, 2016; Martínez y Moreno, 2017; Serrano, Martínez y Niño, 2018), etcétera. En todo caso, los estudios que mantienen el mayor optimismo son aquellos que toman los medios sociales como herramientas estratégicas de acercamiento a grandes audiencias para fines individuales o corporativos (Ruiz, 2017; Tuten y Solomon, 2018; Kwayu, Lal y Abubakre, 2018).
Todos estos fenómenos parecen apuntar en una misma dirección: la continuidad de la sociedad de masas en la era de las redes: “Los sistemas sociales de normas vitales no se modifican con la facilidad con que se alteran las pautas culturales transmitidas por los medios” (Núñez Ladevéze, Irisarri y Núñez Canal, 2015: 109). Aunque es posible sostener, como lo hace Castells (2009: 88), que las masas se “auto-comunican” cada vez más gracias a las redes, y también que una convergencia mediática “fomenta la participación y la inteligencia colectiva” (Jenkins, 2008: 243), es innegable que el desarrollo de los medios sociales no puede entenderse como el remplazo de una cultura por otra, sino como un fenómeno de creciente complejidad en las dinámicas comunicativas.
El tema fue objeto de estudio mucho antes de que surgiera Internet. El debate entre Lippmann y Dewey en la segunda década del sigo XX sirve como ejemplo. Aunque la categoría de referencia usada por estos autores no era la sociedad de masas sino la “Gran Sociedad” (Aznar, 2014: 39), su preocupación de fondo es parecida: cómo materializar los ideales democráticos en un mundo industrializado y complejo, donde las distancias e intermediaciones están remplazando el antiguo contacto “cara a cara” de las comunidades tradicionales. Ni Lippmann ni Dewey asignaban al medio de comunicación la capacidad intrínseca de resolver este problema mediante su propio avance tecnológico. Para el primero, los medios podrían contribuir al cambio sólo si llegan a funcionar como instrumento del conocimiento experto al servicio de la sociedad (Lippmann, [1920] 2011, [1922] 2003, [1925] 2011). Dewey prefería depositar sus expectativas en el público mismo y en su capacidad de construir niveles siempre mayores de vida comunitaria, un emprendimiento de tipo “moral” que debía “sostenerse emocional, intelectual y conscientemente” (Dewey, [1927] 2004: 139). Para eso, “el arte de la comunicación” debía “tomar posesión de la maquinaria física de transmisión y circulación e insuflarle vida” (Dewey, [1927] 2004: 156).
Por su parte, la teoría crítica, lejos de ver en el cambio tecnológico alguna potencialidad de modificar la sociedad de masas, identificó en su desarrollo una fuerza que legitima y profundiza las asimetrías en el mundo. Horkheimer y Adorno ([1969] 1994: 166), subrayaron que el dominio de la técnica sobre lo social se corresponde con “el poder de los económicamente más fuertes” en una sociedad cada vez más alienada, fenómeno que no debe atribuirse a una ley del desarrollo técnico como tal, sino “a su función en la economía actual”. Más adelante, Habermas ([1962] 2009) postularía que este problema se corresponde con una degradación de la esfera pública, ese espacio imaginado donde los ciudadanos se reúnen para dialogar de manera racional y crítica sobre temas de interés común. Mientras la cantidad de participantes de esa esfera creció masivamente, la calidad crítica del discurso se redujo, lo que viene aparejado con el desarrollo de organizaciones de gran escala como mediadores de la participación individual en la esfera pública (Calhoun, 1992).
Al mismo tiempo, si tomamos como foco de análisis el trayecto que siguió la economía a lo largo del siglo XX, es indudable que cualquier observación de los patrones sociológicos debe tener en consideración rupturas importantes al considerar el ascenso de los productos y actividades de tipo intangible. Bell ([2001] 1973), uno de los pioneros en describir sistemáticamente estos cambios, enfatizó cómo la sociedad moderna, para evitar su propio estancamiento, se lanzó a explorar nuevas fronteras tecnológicas. Así, verdaderas revoluciones en el transporte y las telecomunicaciones han modificado las nociones de tiempo y espacio (Bell, [2001] 1973: 221). Al mismo tiempo, el autor detecta cómo en su trabajo cotidiano los hombres se enfrentan cada vez menos a la naturaleza, a los artefactos y cosas: “La sociedad post-industrial es fundamentalmente un juego entre personas” (Bell, [2001] 1973: 562). Pero los cambios son aún más drásticos: desde el campo filosófico se argumenta que han perdido terreno los parámetros para evaluar qué interacciones humanas, o infraestructuras tecnológicas, representan un progreso o un retroceso. Todo intento generalizador es calificado como una narrativa más. Esta realidad “posmoderna” es presentada como la condición característica de nuestra era (Lyotard, [1979] 2004), pero también como la manifestación más reciente de las contradicciones propias del sistema económico (Harvey, [1990] 2012).
Cambios manifiestos, continuidades sutiles, creciente complejidad y pérdida de parámetros filosóficos son rasgos fundamentales del escenario donde se produce la investigación sobre redes sociales. Preguntarse cuáles pueden ser los elementos de un ethos capaz de orientar la investigación es este campo es un camino insoslayable para enfrentar este escenario.