REGENERACION Y CATASTROFE. EL HIMNO NACIONAL DE COLOMBIA
Los himnos nacionales son el pasaporte de identidad de cada país; no una realidad tangible sino una expresión de deseo. Se escriben por encargo, para salvar distancias entre la elite conductora y el pueblo llano, para cubrir con manto poético las complejas grietas políticas, y para ingresar con decoro al concierto de las grandes naciones. Suelen preceder a la declaración de independencia (Argentina, 1813-1816), ser escritos casi al calor de los hechos (Chile, 1818-1819; Perú 1821-1821), o esperar a que estén dadas ciertas condiciones de estabilidad política y económica: caso Paraguay (1847, durante el próspero gobierno de Carlos López), caso Colombia, durante el largo periodo progresista de Rafael Núñez, quien en 1887 escribió el poema que hoy ostenta la nación colombiana.
¿Por qué dilató Colombia la presentación de un canto que legitimara su identidad? ¿Qué factores interfirieron? ¿Qué debates dan cuenta de ese proceso? Son las preguntas que guían mi trabajo.
Friso histórico
Mucho se ha dicho acerca de la inexistencia de las naciones sudamericanas a la hora de lograr la independencia, de su contorno imaginario. Se habló también del enorme esfuerzo transitado a lo largo del siglo diecinueve, del debate en torno al posible modelo de gobierno a seguir, de los avances y retrocesos en la tarea de incorporar nuestra población étnica a esos modelos. El mérito del corte político con la colonia española correspondió a la generación independentista, pero fueron los románticos, a medida que avanzaba el siglo, quienes se preguntaron quiénes somos, qué deseamos ser; son ellos quienes pusieron sobre el tapete los diseños posibles de la nación. Cupo finalmente a los hombres del ochenta, con mayor o menor grado de resistencia, dar por cerrado el debate.
Pero, más allá del rol desempeñado por las generaciones señaladas, un corte transversal del siglo permite afirmar la permanencia de un eje dicotómico: la de los gobiernos que restringieron la participación de las provincias, y la de quienes procuraron un sistema que contemplara el derecho a la autonomía de sus regiones. Federales o unitarios en Argentina, pipiolos o pelucones en Chile, colorados o blancos en Uruguay, centralistas o regionalistas en Venezuela, liberales o conservadores, radicales o regeneradores en Colombia, son algunos de los rótulos que recibieron los militantes de una u otra fracción, estigmatizados respectivamente en una condición de clase que se posicionó de manera distinta ante los valores de la tradición y la modernidad.
En Colombia el discenso tuvo un clima particularmente hostil. La obra de los primeros decenios de la República había dejado inconclusa la tarea de construir el Estado. El correlato de ese vacío fueron las turbulentas disputas en torno a la vía centralista, volcada a las tradiciones europeas, o la vía regional, abierta a la soberanía popular; ambas direcciones determinaron la creación de los partidos políticos más importantes de Colombia, el Partido Conservador y el Partido Liberal. La pugna dejó un turbulento saldo de guerras, variables constitucionales, elecciones y reelecciones.
Durante la Primer República Granadina, o Patria Boba (1810-1816), los centralistas, liderados por el aliento bolivariano, condujeron Nueva Granada; luego de la declaración de la independencia, las divergencias entre Bolívar y Santander propiciaron que, alrededor de los caudillos, se aglutinaran conservadores y liberales. El liberalismo defendía la separación entre la Iglesia y Estado, la libertad religiosa y de imprenta. Los conservadores, en vez, consideraban que los cambios llegarían mediante reformas evolutivas que, progresivamente, conducirían al estado de bienestar. El régimen centralista se consolidó entre 1832 y 1858.
Las actitudes intervencionistas del gobierno de la Confederación Granadina se vio desbocada cuando Tomás Cipriano de Mosquera, por entonces gobernador del Estado Federal del Cauca, se rebeló contra el gobierno nacional y declaró la independencia de su estado; esta situación ocasionó la guerra de 1860 – 1862, en la que salieron victoriosos los liberales radicales. Tras esto, Mosquera, quien se había proclamado presidente provisional del país, convocó en 1863 a una convención en la localidad de Rio Negro, Antioquía, con el fin de redactar una constitución que permitiera al país salir de la economía feudal e implantar el sistema liberal. La Constitución sustituyó el nombre de la Confederación Granadina por el de Estados Unidos de Colombia, jurisdicción que comprendía los actuales territorios de Colombia, Panamá, parte de Brasil y Perú. De este modo se legitimaba un sistema de autonomías federales que inició las décadas conocidas como era del Olimpo Radical. Olimpo de ferrocarriles, telégrafos, bancos y desarrollo industrial; olimpo que, en el campo de la cultura, estuvo a cargo de las generaciones románticas. Cláusulas importantes de este documento atañen al aspecto religioso y a los derechos del ciudadano: se consolidó la separación de Iglesia y Estado y se confiscaron los bienes de manos muertas que poseía el clero; la educación sería laica, enfocada al conocimiento de la ciencia moderna; el período presidencial fue reducido de cuatro a dos años; la máxima autoridad de la nación quedaba en manos del Parlamento, órgano por excelencia de la representación. La función del Estado debía limitarse a cuidar el orden público y la libertad individual.
Contra el federalismo y las libertades radicales se levantó el Movimiento de la Regeneración que unió a conservadores y a liberales moderados en torno al paradigma orden y progreso. Los ideólogos de la nueva nación colombiana - José María Samper, Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, Carlos Holguín- construyeron una cultura elitista que ignoró la presencia de las masas en la política nacional. La plataforma regenerativa elaboró otra Constitución, sancionada el 6 de agosto de 1886; el nuevo código ordenaba que la nación colombiana se reconstituyera como República Unitaria y, consecuentemente, suprimió los estados federales; aparecieron los Departamentos, regidos por gobernantes nombrados por el ejecutivo nacional. Conservó la división del poder en su rama ejecutiva, legislativa y judicial; el periodo presidencial fue llevado a seis años; el poder legislativo se organizó con dos cámaras, senadores y representantes; los miembros de la Corte Suprema tendrían carácter vitalicio. Se establecieron buenas relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado Colombiano; la enseñanza de la religión en la educación pública sería obligatoria.
Cuando al fin del siglo los colombianos vivieron la Guerra de los Mil Días, eran dos repúblicas, dos estilos de vida y de pensamiento.
Friso poético. Debates
Durante el tiempo emancipatorio, y hasta 1858, hubo tres propuestas poético identitarias: La Vencedora, 1811; un poema de Fernández Madrid, de 1814, y otra de Andrés Bello, de 1826. El gobierno del Olimpo Radical (1860-1880) no puso interés alguno en buscar símbolos patrios. El periodo regeneracionista que comienza con el presidente Núñez, en cambio, convocó de inmediato un concurso en el que se eligió el poema de M. J. Flores, pero al poco tiempo fue sustituido por otro escrito por el propio presidente Núñez.
La disputa poética es reveladora. Los emblemas patrios son necesarios para el régimen centralista, no para las tendencias liberales. La tensión política puede leerse en el discurso que enfrentó al pensamiento de Antonio Nariño con el del federalista Francisco Santander, en la postura reaccionaria de Florentino González ante las ideas de José María Torres Caicedo, y en el trato despectivo que el ultracatólico Antonio Caro da a la prácticas étnicas del escritor Jorge Isaac.
Lo cierto es que el himno de Núñez pretende cerrar el debate, regenerar al país, salvarlo de los excesos radicales. Legitima en la historia colombiana el orden conservador, el dogma religioso, y la tutela de la imagen bolivariana. Afirma, sobretodo, la lógica bélica que, a mediados del siglo veinte, toma forma de guerrilla prolongada.