Desde la mirada de la antropología y de un modo específico de producción de conocimiento como es la etnografía me propongo presentar resultados preliminares y algunas reflexiones que hacen parte de un programa de investigación más amplio del grupo Reinvenciones de lo común: sobre lo que consideramos como común, o cómo cotidianamente movimientos sociales o organizaciones que demandan determinados derechos constituyen y se constituyen como colectivo.
Me centro en estas preocupaciones teóricas pero a partir de mis propias preocupaciones de investigación sobre los asentamientos rurales organizados por movimientos sin-tierra en Sao Paulo, y especificamente lo que estoy llamando de mecanismos o engranajes sociales de co-habitación, o dicho de otra manera, experiencias concretas que hacen posible la vida y la producción de vínculos en estos espacios mutuamente interconectados, como son los asentamientos rurales.
Descarto a priori, y conforme ha sido discutido en nuestro equipo de trabajo de Clacso, un sentido común que encontramos en abordajes desde las Ciencias sociales acerca de movimientos sociales: esto es, que lo común, lo colectivo representa un destino, un punto de llegada o conforme la atinada reflexión de la antropóloga Maria Inés Fernández (2016), no se trata de “abordar prácticas, procesos y experiencias evaluadas por su distancia o proximidad con determinados principios normativos” se trata más bien de la captura de lo contingente, contradictorio, fluido, de un ‘hacer juntos’, o mejor, de un “haciendo juntos” siempre en gerundio, lo que significa enfocar en un devenir, o un transcurrir en la linda expresión del “Hacer juntos” de Fernández (2016). Una relación política en el sentido dado por Rancier (1996), esa especie de acto, esencialmente de corta duración que crea, por instantes, la posibilidad de producción de un mundo común. Una afirmación que podría decir fue llevada hasta sus últimas consecuencias por la filosofía contemporánea representada por Deleuze y Gatarri (2007), o para una antropología contemporánea a la Roy Wagner (2017).
Mi desafío, sin embargo, como ha sido también el del propio ejercício etnográfico, no es solo tomar este transcurrir o devenir como hilo conductor, sino intentar capturar esta naturaleza contingente de las interacciones y experiencias de vida de mis interlocutores asentados, interacciones que posibilitan vínculos más o menos duraderos. Un desafío también en mi caso como estudiosa de movimientos y organizaciones interesadas en la demanda colectiva de tierra como derecho social, y tomando como inspiración la lectura Maussiana de Florence Weber (2014): de capturar actos individuales de naturaleza colectiva.
De esta manera, tomo como locus de investigación la región del Pontal de Paranapanema en el estado de Sao Paulo, la capital de los asentamientos, como es conocida por mis interlocutores sin-tierra. Es una porción del estado que en los últimos 30 años, período que coincide con la actuación del MST en esta región, tuvo el mayor número de tierras distribuidas por el Estado brasileño. Un asentamiento rural en esta región, y como en muchas otras del país está íntimamente vinculado a otro a través de una red de personas (parientes, amigos, conocidos) y de casas que se extienden en el tiempo y espacio. Este trabajo buscará explorar etnograficamente, mecanismos sociales que hacen posible la vida en común y la existencia de estos espacios mutuamente interconectados. Uno de ellos es la práctica, común entre los asentados sin-tierra, de “pedir cosas”, es a través de la constancia del ‘pedir’ que los novatos o recién asentados, pasan de ‘pediches’ a ‘vecinos’, categoría nativa que traduce un conocimiento sobre lo que el otro necesita, cuándo lo necesita y lo que puede o debe dar. Para esto, en el caso de algunos asentados, mantener una casa en la ciudad se vuelve una especie de ahorro que puede ser una ventaja en el circuito de intercambios. La casa guarda objetos, alimentos que pueden resolver una necesidad inmediata o pueden ser intercambiados para resolverla. Esta práctica, la de ‘pedir’, como iniciativa constante para producir vecindad, y que se relaciona con los que mis interlocutores llaman de consideración, se traduce como una especie de cuidado, de atención con el otro que va más allá del cotidiano de los asentamientos rurales y se extiende a pueblos cercanos, a haciendas vecinas e inclusive a representantes del Estado.