En esta ponencia exploraré a través de una descripción etnográfica, las diferentes asociaciones entre masculinidad, relaciones económicas y marcaciones raciales en un contexto que si bien históricamente ha sido poblado por comunidades negras, en los últimos años ha experimentado una serie de transformaciones asociadas al asentamiento de migrantes blanco-mestizos. Desde mi experiencia de investigación en el Consejo Comunitario de la vereda Las Brisas, municipio de Suárez, norte del departamento del Cauca (Colombia), evidenciaré la pertinencia de hablar de economías racializadas, en cuanto las asociaciones negro/cafetero y blanco-mestizo/coquero, son parte de una serie de códigos locales que se refrendan en las interacciones cotidianas.
En este Consejo Comunitario, ubicado en la parte alta de la cordillera Occidental, el poblamiento inició en la segunda década del siglo XX, a través de la ocupación de baldíos en zonas circundantes a las riberas del río Mary López. En su mayoría, estas dinámicas de colonización estuvieron lideradas por hombres negros, mineros y agricultores, que llegaron a estas inhóspitas tierras con sus hermanos, primos o compadres “abriendo trochas y tumbando monte”, como lo relatan actualmente.
Al igual que sus padres, gran parte de los briceños subsisten con una economía agrícola basada principalmente en el café y en cultivos estacionarios de maíz y fríjol, sembrados tanto individual como colectivamente. La comercialización de sus productos se lleva a cabo todos los domingos en el pueblo de Suárez, a donde llegan vendedores y compradores de las veredas y municipios cercanos.
Si bien el acceso a la tierra se efectúa por medio de la herencia de padres a hijos, algunos hombres que se han desvinculado de la agricultura, trabajan en el sector terciario ofreciendo servicios de transporte, asistencia en obras o comercializando productos en los centros urbanos cercanos. A diferencia de ellos, los más jóvenes que permanecen en la vereda y no poseen propiedad sobre la tierra, trabajan junto a sus padres o abuelos, acompañándolos en las extenuantes jornadas que en tiempos de cosecha pueden durar hasta por lo menos diez horas de trabajo continuo.
La preparación para estas labores inicia a temprana edad; generalmente los niños son socializados en el manejo del machete, el arado de la tierra, el abono de las plantas y la recolección de los frutos. De ahí que tan pronto como logran ser reconocidos como hombres, es decir, concebidos bajo los supuestos de responsabilidad, tenacidad y resistencia, reciben de sus padres dos o tres hectáreas para ser cultivadas. De este modo inician una nueva etapa en su trayectoria personal, pues tienen la posibilidad para decidir establecerse formalmente como agricultores.
Algunos alternan el trabajo en la finca con el liderazgo político, encabezando los procesos internos del Consejo Comunitario, figura político-administrativa para comunidades negras reconocida en la constitución Política de 1991 e impulsada en el giro multicultural que sacudió las dinámicas políticas de América Latina en los años 90. En ese sentido, no solamente son cafeteros sino que también se reconocen y son reconocidos fenotípicamente como negros, ligando una serie de tradiciones y expresiones culturales que apelan a la etnicidad. Desde ese lugar, actualmente movilizan ciertos recursos con agentes del Estado, ONG y universidades regionales y nacionales, para conseguir formación técnica agropecuaria, asesoría del servicio de extensión de la Federación Nacional de Cafeteros y formación política para la protección y defensa de sus territorios.
Pese a esto, en los últimos once años, el crecimiento acelerado de los cultivos de coca en la región norte del Cauca, atrajo población blanco-mestiza de diferentes regiones del país, quienes se instalaron rápidamente, por medio del arriendo y la compra de tierras. Si bien, inicialmente hubo una serie de acciones conjuntas para impedir la entrada de los foráneos, algunos briceños que viven fuera de la vereda han vendido sus tierras a bajo costo. Otros en cambio, aun cuando permanecen allí, han arrendado las tierras más altas pues sus condiciones físicas o su edad les impiden trabajarlas.
De esta forma, las nuevas configuraciones territoriales surgen a partir de la capacidad económica que tienen los foráneos o finqueros (como son llamados localmente) para sobreponerse a las dinámicas del Consejo Comunitario. La apertura de vías con maquinaria pesada y la instalación de redes de energía, han beneficiado a gran parte de los locales, quienes hoy encuentran en los foráneos la oportunidad de acceder a recursos de primera necesidad que deberían ser garantizados por el Estado. Su capital económico se legitima gradualmente, a tal punto que los conflictos entre la población local se han intensificado en años recientes.
Puede hablarse entonces de una economía racializada, pues con la llegada de los foráneos se han generado transformaciones en las formas de organización local y en el manejo y la tenencia de las tierras. Esto se expresa en valoraciones contradictorias sobre los recursos que genera una actividad ligada a economías consideradas ilegales, pero a su vez vista como una oportunidad para incrementar y facilitar el acceso al capital económico.
En definitiva, la figura de Consejo Comunitario y su apuesta política de titulación colectiva, entra en tensión con ciertos criterios de valoración sobre lo legal e ilegal, en tanto la vinculación de los locales con instituciones del Estado, ONG y universidades ha promovido un discurso en defensa y protección de los territorios ancestrales, oponiéndose radicalmente a la cadenas del narcotráfico ligadas a la comercialización de la coca. No obstante, mediante el Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos Ilícitos (PNIS) que se está llevando a cabo en el país (en el marco del proceso de paz), aparecen nuevos escenarios de interlocución entre los hombres negros y los blanco-mestizos, en cuanto los diferentes actores están negociando sus intereses para conseguir recursos económicos e impedir las aspersiones con glifosato y la erradicación forzosa. Estas transformaciones suponen la modificación de las fronteras entre unos y otros, en cuanto las condiciones actuales están reestructurando las dinámicas económicas y políticas de briceños y foráneos.